jueves, 26 de marzo de 2009

Entradas para el concierto de U2 vendidas en 54 minutos, sí, sí...

Estoy intrigada, quiero saber cómo se venden 90.000 entradas en 54 minutos, y sin embargo después de agotarse se pueden comprar “legalmente” a un precio muy superior al oficial.

He intentado calcularlo: El 10% de las entradas, 9.000 son para socios del FCB, el resto se venden a través de internet, por teléfono (tick tack ticket), y en taquilla (Fnac) ¿Cuántas se han vendido en taquilla? ¿Cuántas personas de las que han estado haciendo cola han conseguido su entrada?
Suponiendo que cada una ha comprado 6 entradas, que hay cuatro vendedores en taquilla, que cada vendedor hace una gestión de venta, pongamos cada 4 minutos, tendríamos 324 en taquilla.

Vamos a la venta telefónica, pongamos que hay 50 operadores y cada uno hace una gestión de venta por cada 4 min. Y que cada comprador compra 6 entradas. En 54 minutos nos da un total de 4050 entradas.

Nos quedan las vendidas por internet, y aquí es cuando realmente necesito que alguien me conteste, ¿cuántas operaciones simultáneamente puede gestionar un servidor de venta por internet? ¿76.626 en 54 minutos? O dicho de otra manera: ¿pueden entrar 236 compradores SIMULTÁNEAMENTE y comprar 6 entradas cada uno por minuto?

Si es así, me quedo más tranquila, y me resignaré a que como en cada gira, yo no pueda comprar mi entrada para un concierto de U2 al precio original. Eso sí, en alguna web que no es de distribución oficial las podemos encontrar por un 280% más de su valor, más 26.10€ de tramitación de venta, más 9€ de gastos de envío, es decir, si quiero ir a ver a U2, aunque se hayan vendido todas las entradas en 54 minutos, siempre puedo pagar 150€ por una entrada que valía 30€ a las 10.50h del miércoles.









miércoles, 12 de noviembre de 2008

Economía de casino.., rescates financieros y luego?

Y luego, estamos donde estamos ahora, en plena crisis económica. ¿He dicho en plena? perdón, más bien adentrándonos en los inicios de una crisis enconómica, que dicen que va a ir a peor. Y nos afecta directamente, pero no más que antes, exactamente del mismo modo, lo que ocurre, es que todo era más bonito cuando teníamos 20 años y no nos dábamos tanta cuenta de las cosas, y resulta que cuando teníamos 20, Arturo Pérez Reverte ya escribía un artículo que vaticinaba exactamente lo que está pasando ahora.





10 años después de haber escrito "Los amos del mundo" en El Semanal, publicado el 15 de noviembre de 1998 voilà! me encuentro con una casualidad, (gracies Lluís pel correu amb la cartaattac.pdf) ... La casualidad es ésta: Entrando en http://www.attac.es/ (un inciso: ATTAC es una Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras especulativas y la Acción Ciudadana) me encuentro con más información sobre el tema y con el cartelito que ves en negro del 15NO: PROTESTA MUNDIAL CONTRA EL G20.

Me encanta que las casualidades como ésta me lleven a leer cosas que en mi opinión, no son únicamente de gran utilidad, sino verdaderamente indispensables para todos aquellos "Marianos" que como tú y como yo vemos como la crisis económica se nos viene encima, sin ser responsables de nada más que de seguir las normas del juego, que son trabajar para ganar un sueldo con el que consumir todo aquello que nos hacen creer indispensable para vivir. Algunos sortean mejor que otros la trampa del consumismo, pero todos más o menos, a no ser que nos hayamos ido a vivir a un pueblo fantasma a vivir del huerto, estamos atrapados en este sistema capitalista, esta economía de casino que desemboca en rescates financieros por parte del gobierno, óbviamente con nuestro dinero, o como diría el Sr.Pérez-Reverte, con nuestra sangre, sin haberse asegurado antes de haber cortado la hemorragia, y la pregunta que se me ocurre es: ¿Podemos hacer algo?

A continuación transcribo el artículo de Pérez-Reverte "Los amos del mundo" publicado en El Semanal el 15-nov-1998, así entiendes a qué ha venido lo de los "Marianos".

LOS AMOS DEL MUNDO

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla Intro del computador, su futuro y el de sus hijos.

Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio, o al revés, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo. Porque siempre ganan ellos, cuando ganan; y nunca pierden ellos, cuando pierden. No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tienen que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la Tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder. El riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático, y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días. Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente de la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas, Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad.

Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces, ¡oh, prodigio!, mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no. Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda... Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la paga con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con su puesto de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza...

lunes, 18 de agosto de 2008

El tiempo es relativo, pero el tiempo pasa.

18 de agosto de 2008 10:53h

Sinceramente hoy desconozco por completo mi estado de ánimo real. La sensación es onírica, como de no estar viviendo una realidad, como si estuviera en pleno proceso de aletargamiento. Como si al despertar no supiera cuál es mi realidad: ¿lo que he soñado mientras dormía, o lo que veo ahora? ¿Estoy despierta o sigo dormida?

Se fue hace ya casi 6 meses, y su ausencia sigue siendo dolorosa, y su recuerdo cada vez menos estático. Su recuerdo me parece más una fantasía que una realidad del pasado.
Me miro a mí misma como una eterna soltera, el tiempo que éramos pareja, ya no me parece real, aquello fue un paréntesis en mi estado normal, en mi condición natural de soltera. ¡Qué atrevimiento! Pensar que estamos destinados a encontrar una media naranja, a nuestra otra mitad, como si fuéramos seres incompletos al no tener a alguien a quien querer, a alguien por quien ser querido.

Él volvió hace ahora casi un año, al volver me avisó de que tenía planes para viajar durante un periodo indeterminado de tiempo. Que necesitaba dar la vuelta al mundo, que necesitaba hacer “su viaje”, sólo, encontrarse a sí mismo. Hace casi un año, que él me avisó, diciéndome que no estaba seguro de si tenía sentido volver conmigo, no me dí cuenta de que tenía menos sentido todavía, ser yo la que volvía con él.

Recuerdo conversaciones intensas, mirarle a los ojos era desnudarle, hablarle de sus miedos, de sus inquietudes, de su escasa capacidad de compromiso. Yo notaba que no se sentía cómodo del todo, él hubiera preferido ser anónimo, que su verdadera esencia no me fuera revelada, pero yo siempre he sentido que le entiendo, en el sentido más amplio y profundo en que se puede entender y comprender la personalidad del otro. Cuando él sentía esa mirada mía en sus ojos, lloraba, como un niño pequeño, asustado, se abrazaba a mi regazo, se escondía en mi hueco, ese hueco que todos tenemos para cobijar y dar consuelo a otro ser.
Imagino que aquello, en realidad, era vergüenza, era remordimiento, debía de dolerle ver cuánto le quería mientras él me engañaba, le daba miedo mantenerme la mirada, por si mirándole lo descubría todo: Que realmente no me quería, quizá a su modo sí me quería, pero no del modo en que yo pensaba que lo hacía. En eso no mintió, estoy segura de que me quiso, quizá todavía me quiere, pero no me ama, no estuvo ni está enamorado. No sabe lo que es eso. O quizá lo supo una vez y la comparación de aquella vez con lo que sentía por mí, le hizo decidir que no era suficiente como para apostarlo todo por nuestra relación.
Creía conocerle, y ahora no estoy segura de quien es, ni de si realmente le conocí un poquito. Ahora no sé qué sentido tendría, qué sentido tiene, seguirle queriendo. Soy estúpida queriéndole, y me baso en las “Leyes fundamentales de la estupidez humana


Ahora me doy cuenta de que aquella nueva relación, tenía poco que ver con la que habíamos tenido antes, el año anterior fue una relación con menos vida, con menos implicación, con menos demostración de sentimientos. En la nueva relación, nos sentimos felices. Nos bebíamos el alma cada vez que estábamos juntos, porque inconscientemente, sabíamos que era finita, que él se iría en Febrero, y que no sabíamos ni cuando volvería de su viaje, ni qué podría pasar durante su ausencia, ni qué iba a pasar cuando volviera. Quizá por eso fue mucho mejor de lo que nunca nos habríamos imaginado. Fue la época más feliz que hemos compartido juntos. Pero llegó Febrero, y él se fue, y toda aquella magia y todos los besos dulces también. Recuerdo el último beso. Yo estaba ya dentro del coche, ya nos habíamos abrazado unas cuantas veces como si no fuera a haber más abrazos, ya nos habíamos despedido como si no fuera a haber más despedidas que aquella. Le vi como se alejaba, de espaldas a mí, recorrí con mi mirada el perfil de su silueta cada vez más pequeña. Esperaba que se diera la vuelta para mirarme otra última vez, entonces arranqué el motor, aceleré levemente hasta llegar a su altura. Freno de mano, me tiemblan las piernas, le miro, me mira, y siento una punzada amarga en el corazón, ya no presiento nada bueno en el futuro para los dos. Y duele. Duele todavía ahora, al recordarlo. Sigue mirándome a través del cristal de la ventanilla del coche, bajo el cristal.

Me besa. Él a mí. Me bebe el alma, siento como si quisiera absorberme, marcar ese beso en la memoria de los dos, para recordarlo cuando estemos lejos. No recuerdo que nunca me hubiera dado un beso como aquél. Creo que aquel beso, significó más que todos los anteriores juntos. Y eso hace que le siga recordando con tanto amor, con tanta intensidad. Casi puedo sentir el sabor de su boca en mis labios mientras escribo estas líneas. Casi no puedo evitar que me suba ese gran nudo a la garganta. Miro al infinito después de escribir estas líneas, este sol de agosto que ilumina las calles de un modo extraño, como si fuera un sueño. Como si lo que ven ahora mis ojos fuera el recuerdo, y el recuerdo de aquello que acabo de escribir fuera mi presente. Han pasado 6 meses desde aquel beso. ¿Seis meses? ¿Qué he hecho yo en estos seis meses? Es como si los meses hubieran pasado como si fuesen horas. Y me despierto como si hubiera dormido eso, 6 horas. Por eso el recuerdo es tan vívido, he dormido 6 horas, todavía tengo sueño, siento el peso de mis párpados, todavía debo despertarme de esta sensación onírica. Mientras dormía he soñado muchas cosas, un cambio de trabajo, nueva gente, nuevas amistades, he conocido a alguien especial, aunque no lo recuerdo muy bien, la boda de una amiga, una cena de verano de empresa, unas vacaciones en Cadiz… he vivido seis meses de mi vida, como si fueran un sueño, como si sólo hubiera dormido 6 horas, y necesitara dormir otras 6. Así me siento ahora, como si no supiera si estoy despierta o si todavía sigo dormida.